“Sin duda, la coyuntura actual del COVID-19 representó un cambio en todas las perspectivas que se tenían para la década siguiente, e incluso se habla de que va a cambiar la forma de pensar la economía de ahora en adelante. La pandemia es un hecho sin precedentes; y realmente pensar en que tendríamos que detener casi por completo el aparato productivo, debido a una pandemia, parecía hasta hace poco una historia de película. El mundo ha debido hacerle frente no sólo a una enfermedad de gran contagio y que ha generado el colapso de los sistemas de salud de numerosos países, sino también al detenimiento de una economía que ha perdido dinamismo con las acciones que deben tomarse para “aplanar la curva.” A través de una serie de políticas que van desde la interrupción de la movilización aérea y el cierre de fronteras, hasta la prohibición a salir para adquirir bienes de primera necesidad en días diferentes según el género, gobiernos centrales y locales buscan maneras de reducir el contagio. Ante esta coyuntura, se ha tenido que plantear medidas sin precedentes que logren compensar la pérdida de bienestar por las ordenes de aislamiento que se han tomado. Estas inevitablemente afectan a la economía por ambos frentes: debilitan la oferta con el cierre del aparato productivo y disminuyen la demanda por la caída de los ingresos y el confinamiento de las personas en sus hogares. Así, con el dinamismo económico disminuyendo, la emergencia por la pandemia deja a su paso en gran vulnerabilidad a miles de hogares. Las políticas fiscales y monetarias centradas hacia una mitigación de los efectos del confinamiento no se han hecho esperar, pero estas sin duda no serán suficientes para compensar todo lo que implica la caída de la economía que además se vio perjudicada por una caída radical en los precios del petróleo, por lo que es necesario pensar en una manera sostenible de mantener la economía funcionando sin poner a la población en riesgo de contraer el virus.”
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