HIJO DE LA ANACONDA ANCESTRAL, UNA RADIOGRAFÍA ECONÓMICA DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS DEL AMAZONAS
/Hijo de la Anaconda Ancestral, una radiografía económica de los pueblos indígenas del Amazonas
Miguel Felipe Acosta
Antropología y Economía
mf.acosta11@uniandes.edu.co
Es difícil contar la vida, pero una huella en el alma es un buen punto de partida. Una voz que ya no escuchas, una voz que ya se fue… Recuerdo que pocas cosas en la vida me han marcado tanto como mi experiencia de vida en el Vaupés. Encantado por el indigenismo, creyéndome la idea de que entre más exótico fuese el otro mejor antropólogo sería, tomé el único vuelo semanal que sale de Bogotá hasta Mitú, capital del departamento del Vaupés. A mi costado se sentó una señora algo mayor, hablaba cortado el español. Se llama Lucy, recuerdo. Después de comentarle que me dirigía al Vaupés a hacer trabajo de campo ella me dijo que era una indígena cubeo. Doña Lucy, que montaba en avión por segunda vez en su vida, había venido a Bogotá a visitar a su hija mayor, quien era auxiliar de enfermería. En nuestro corto diálogo me llamó la atención que se sorprendiera por la forma que tenía el avión, sus ventanas, sillas y, sobre todo, por la admiración que tenía de ver la selva desde el cielo. “Nosotros los cubeo somos hijos de la anaconda ancestral”, me dijo. Recordé mis clases de etnología en donde me enseñaron que los pueblos amerindios del Vaupés tienen un ancestro en común: una gran anaconda que les dio la vida y los ubicó en diferentes clanes a lo largo del Río Vaupés. Ese acercamiento hacia Lucy sería el inicio de una gran aventura que me cambiaría la vida para siempre.
En economía solemos hablar de desempleo, estudiar la pobreza, inflación, mercados, entre otros. Sin embargo, muy pocas veces -a mi juicio- nos preocupamos por entender la forma de vida de los pueblos indígenas que habitan nuestro territorio. De acuerdo con el último censo del DANE, la población indígena en Colombia representa sólo el 5% del total nacional. Al ser un país pluriétnico y multicultural contamos con una gran riqueza de cosmologías y tradiciones que trascienden el entendimiento racional. Sin embargo, las poblaciones indígenas a nivel nacional están en peores condiciones respecto a la media nacional en múltiples aspectos, en donde se destacan educación, acceso a servicios públicos, infraestructura, salud y acceso a oportunidades. Según Portafolio (2019), mientras la región andina aporta cerca del 53% del PIB, concentrando ¼ del mismo en Bogotá, la región amazónica tiene una participación inferior al 1%. ¿Cómo podemos explicar el “atraso” y baja productividad de esta región al desarrollo económico nacional? ¿Cuál es el rol que juegan las comunidades indígenas del Amazonas dentro de la economía regional? ¿Qué implicaciones económicas tiene ser indígena en Colombia? ¿Hasta qué punto denominarse “hijo de una anaconda ancestral” va en contra posición al discurso educativo hegemónico nacional? ¿Es ético y prudente medir la calidad de vida de los pueblos indígenas usando indicadores occidentales como el NBI?
Como el lector podrá darse cuenta, me surgen muchas preguntas mientras redacto estas palabras. De acuerdo con un estudio de La República (2019), 22 de los 50 colegios con el peor desempeño en las pruebas Saber 11 son instituciones educativas indígenas. ¿Esto qué nos quiere decir? ¿Qué variables explican el bajo desempeño de los jóvenes indígenas? Por otro lado, según cifras del DANE (2019), la cobertura de servicios públicos tales
como energía eléctrica, acueducto, gas natural y recolección de basuras es notablemente inferior en comunidades indígenas que en comunidades no-indígenas. De esta manera, pareciera que ser indígena en Colombia implica tener acceso limitado a educación de calidad, contar con una baja cobertura en el acceso a servicios públicos, al igual que tener considerables limitaciones para lograr una movilidad social ascendente. Adicionalmente, según cifras oficiales del Instituto Nacional de Salud (INS) departamentos con alta población indígena como el Amazonas, Guajira y Chocó cuentan con la tasa de mortalidad por infecciones respiratorias en menores de cinco años más alta del país, llegando a casos de 30 defunciones por 100.000 habitantes (la media nacional es de sólo 4 defunciones por cada 100.000 habitantes).
Más allá de categorizar este panorama como desolador, considero que como futuro economista tengo la motivación y las herramientas necesarias para entender qué hay detrás de todos estos datos. En economía, a diferencia de antropología, la rigurosidad empírica y el uso de datos son fundamentales para estudiar la sociedad que nos rodea. En este orden de ideas, la literatura económica nos invita a pensar que el desarrollo de la desigualdad en Colombia es, sobre todas las cosas, un problema con raíces históricas y estructurales. A pesar de la mejoría en distintos sectores económicos, académicos como Fergusson (2017) y Robinson (2016) exponen que la desigualdad regional se ha venido reproduciendo sistemáticamente en zonas del país con débiles instituciones y en donde se presenta una baja presencia estatal. De esta manera, una hipótesis detrás de dicho argumento radica en que históricamente el Estado, centralizado en Bogotá, ha estado poco pendiente de la situación y calidad de vida de los colombianos que habitan zonas periféricas del territorio como el Tapón del Darién, pasando por el Valle del Sibundoy, llegando a las cuencas del Río Negro y desembocando en las faldas de la Serranía del Perijá. Adicionalmente, Wibowo (2018) plantea la paradoja del bajo desarrollo económico presente en regiones altamente ricas en recursos naturales, como las anteriormente mencionadas.
En este orden de ideas, me surge la siguiente pregunta: ¿cómo alcanzar un mejoramiento en la calidad de vida de los pueblos indígenas en el país a sabiendas de las múltiples dificultades de acceso y transporte hasta estas zonas periféricas? Probablemente el NBI no sea el mejor indicador para entender a plenitud cada una de las 87 cosmologías indígenas en el país. Sin embargo, índices como este o la Encuesta nacional de calidad de vida (ECV) pueden darnos indicios para delimitar una posible política pública que sea incluyente y efectiva en temas como mortalidad infantil y acceso a educación. A partir de lo anterior, no resulta descabellado imaginar que gran parte de las disparidades económicas y sociales que enfrentan los indígenas, respecto al promedio nacional, han tenido origen en factores históricos e institucionales que se han reproducido con el pasar de los años. Es por esta razón, estimado lector, que considero fundamental estudiar desde la economía las implicaciones de ser indígena en Colombia, enriqueciendo el debate desde mi mirada antropológica, pero aportando información empírica relevante para alcanzar un mejor entendimiento de esa otra realidad.
Anexo algunas fotos de mi expedición por el Camino de la Anaconda
