EL RENACER DE LA CONTROVERSIA DE CAMBRIDGE
/Paula Torres Higuera
David Enrique Arboleda
Nassim Al-ashram
Maria Paula Gutierrez
Maria José Lizcano
“La ironía más grande de todas es que, aunque el debate de la teoría del capital es uno de los pocos ejemplos donde los economistas han encontrado ‘pruebas contundentes’, continúan ignorándolas en su trabajo teórico y empírico”
–– Birner, 2002 p. 168
La controversia de Cambridge surgió por el choque entre dos bandos opuestos a raíz de la crítica de Piero Sraffa y Joan Robinson –quienes adoptaron una postura postkeynesiana– respecto a la validez de la teoría neoclásica para establecer teorías de valor, distribución y crecimiento. La teoría neoclásica, defendida por Robert Solow y Paul Samuelson, parte del mercado como mecanismo de asignación de recursos entre individuos que maximizan utilidad y empresas que maximizan beneficios, teniendo en cuenta que esa optimización se hace con base en precios reales. Para Sraffa y Robinson, es allí donde estaba el problema puesto que, si bien el trabajo se puede homogeneizar, lo mismo no necesariamente aplica para el capital por la imposibilidad de agregar todo en unidades físicas al ser un factor demasiado heterogéneo. Del mismo modo, es importante referirse a otros personajes precursores de la controversia como Ludwig Lachmann y su trabajo Capital and its Structure (1956), en el cual discute diferentes aspectos sobre el capital y critica a los economistas por subestimar la importancia de construir una teoría sobre el capital que fuese válida y consecuente con la realidad. Asimismo, autores como Carlo Benetti y Pierangelo Garegnani, fueron igualmente relevantes en la discusión en cuestión.
La controversia gana relevancia en tanto que en ella subyacían choques entre diferentes ideologías y corrientes respecto a la justificación de la remuneración al capital, la distribución del ingreso y sobre la validez de usar equilibrios como herramienta para el análisis económico (Cohen & Harcourt, 2003). Los fuertes cuestionamientos sobre la pertinencia teórica de emplear una medición homogénea del capital y la idea de que la distribución del ingreso en una economía está determinada por las interacciones entre la oferta y la demanda de los factores productivos llevaron a los economistas a preguntarse si procesos dinámicos (como la acumulación y la distribución) pueden ser analizados correctamente desde la estática comparativa neoclásica (Lazzarini, 2011). Comprender las insuficiencias de la teoría, abordadas en el debate de Cambridge, podría abrir campo a otras teorías y postulados sobre la remuneración de los factores y sobre los determinantes de la distribución del ingreso.
Sin embargo, tan importante discusión nunca fue saldada. Ni Robinson ni sus colegas de Cambridge lograron construir una teoría alterna capaz de superar las limitaciones del análisis de estática comparativa neoclásico. Aunque se logró incorporar a la teoría la heterogeneidad del capital, tanto los trabajos empíricos como los modelos teóricos posteriores (como el RBC) emplean generalmente al concepto de capital “homogéneo”, a pesar de sus inadecuaciones (Lazzarini, 2011). Adicionalmente, si bien Solow concluye en la década de los setenta que la economía neoclásica aún funciona para comprender fenómenos de crecimiento, también determina que no es posible hallar los precios de los mercados junto con una distribución de las dotaciones a partir de las ofertas y demandas (Blackhouse, 2015). Por ende, los resultados de la controversia parecen invaluables para comprender el estado actual de la teoría del capital y efectuar un llamado a las nuevas generaciones de economistas a retomar los problemas planteados por sus predecesores que, si bien olvidados en el flujo del tiempo, constituyen profundas amenazas a los fundamentos de la teoría económica. En consecuencia, el presente trabajo parte de la pregunta ¿cuáles son los retos que plantea la controversia de Cambridge a la construcción de la teoría económica? En concordancia, se argumentará que es necesario retomar la controversia de Cambridge para hacer frente a las inconsistencias derivadas del problema de la agregación del capital y la determinación de la distribución del ingreso.
En primera instancia, los resultados de la discusión urgen a los teóricos de la disciplina a encontrar una manera adecuada de incorporar la naturaleza heterogénea de los bienes de capital en la modelación económica. Hasta la publicación del trabajo seminal de Robinson, The Production Function and the Theory of Capital (1953), la teoría económica dominante ––frecuentemente referida como neoclásica–– había modelizado funciones de producción en las cuales el capital entraba como un bien único. Aunque inicialmente se pensó en este procedimiento como una abstracción conveniente, la controversia demostró que la teoría neoclásica únicamente es capaz de tratar adecuadamente bienes de capital homogéneos, con el fin de poder asignarles una tasa única de retorno. Sólo entonces es posible hablar de oferta, demanda y equilibrio en el mercado de factores.
Sin embargo, esta “homogeneización” del capital requiere primero definir una unidad con la cual cuantificar estos bienes. Considérese, por ejemplo, una fábrica textil que opera con máquinas hiladoras y tejedoras. ¿Cómo podría la dueña determinar la cuantía del capital de su fábrica? Es claro que primero habría que definir una unidad de medición única que permita hacer comparables los tipos de capital existentes. Para ello, podría considerarse que la valoración de cada máquina es igual al valor presente de su producto vitalicio. Sin embargo, puesto que el valor presente de las rentas de las máquinas viene determinado por la tasa de retorno de la economía, es necesario que dicha tasa de retorno sea dada a priori. Supóngase entonces, por simplicidad, que se trata de una fábrica pequeña cuyo acervo de maquinaria equivale a una ínfima parte del acervo total de la economía, por lo que es razonable que la tasa de retorno se tome como exógena. Así, la capitalista en cuestión puede proceder sin mayores angustias con su operación de conversión. Imagínese ahora que un choque exógeno aumenta la demanda por máquinas de todo tipo en la economía, lo que empuja su precio de equilibrio ––la tasa de retorno–– al alza. ¿Debería la dueña revalorar su capital? Evidentemente, puesto que la agregación del valor de sus distintos tipos de máquinas fue determinada por la tasa de retorno de la economía, sus máquinas habrán ahora aumentado en valor. ¿Produce por ello más la fábrica? No, la dueña dispone de las mismas hiladoras y tejedoras con las que contaba previo al choque, aunque el acervo agregado de capital haya aumentado: he aquí la primera inconsistencia.
¿Cómo se explica que el capital de la fábrica haya aumentado en cantidad agregada pero que la producción permanezca constante? ¿Qué sucedería si la dueña de la fábrica en realidad poseyese una considerable proporción de las máquinas de la economía y dependiera de ella la determinación de la tasa de retorno? ¿Cómo avaluar cantidades que dependen de un precio que, a su vez, viene dado por las cantidades? Es entonces cuando Robinson postula su prominente crítica: no existe una forma adecuada de medir en la misma escala la diversidad de bienes de capital. Cada medición requiere conocer de antemano la tasa de interés de la economía con tal de dar una valoración a los distintos bienes considerados (Cohen & Harcourt, 2003). Empero, según la teoría neoclásica, es necesario saber primero cuál es la cantidad de este factor para determinar su tasa de ganancia, por lo que la determinación de la cantidad y el precio del capital recae inevitablemente en una circularidad. En consecuencia, la homogeneización del capital deriva en inconsistencias irresolubles que remarcan la necesidad de dar paso a una teoría de capital heterogéneo.
En segunda instancia, la Controversia de Cambridge hace un llamado a construir una nueva teoría que permita estudiar procesos dinámicos como la acumulación, los cuales resultan fundamentales para entender problemas de distribución. La discusión en cuestión demostró que el análisis de estática comparativa neoclásico es insuficiente para comprender el proceso de acumulación. La función de producción neoclásica es incapaz de distinguir entre comparaciones de equilibrios y el tránsito de un equilibrio a otro. Por lo tanto, no es posible estudiar a partir de ella cuestiones como la formación de riqueza, la concentración del ingreso o la determinación del ahorro de una economía. Paralelamente, economistas de ambos bandos ––entre ellos Paul Samuelson–– reconocieron que la tasa de rendimiento del capital no puede ser correctamente determinada bajo el análisis neoclásico a causa de la heterogeneidad de los bienes de capital, de manera que no hay forma de establecer la participación de los dueños del capital en el ingreso y, por consiguiente, de los asalariados.
Adicionalmente, la “reversión de capital” ––cuando técnicas menos intensivas en capital pueden estar asociadas con valores menores de la tasa de retorno–– y el “reswitching” ––cuando una técnica de producción es óptima para altas o bajas tasas de interés, pero no para todo el rango–– implican que las curvas de demanda de capital pueden tener pendiente alternantemente positiva. Estos fenómenos han invalidado la idea neoclásica de que las remuneraciones de los factores están dadas por su producto marginal, lo cual derrumba la explicación de la distribución del ingreso por medio del equilibrio entre la oferta y la demanda de los factores productivos (Jiménez, 2012). Así, según Garegnani (1972), el salario representa una incógnita de la misma forma que la tasa de ganancia; por lo tanto, ya no tiene ningún significado en la determinación de las ganancias como excedente. Cualquiera sea la unidad en términos de la cual se mide el valor de los bienes de capital, dicho valor no cumplirá la condición de ser independiente de los cambios de la distribución; cambiará ese valor cuando lo hagan la tasa de salarios y la tasa de ganancia, permaneciendo constante todo lo demás.
Por su parte, Carlo Benetti también argumenta que la noción de productividad marginal no se puede usar en una teoría de la distribución del ingreso basada en la relación funcional entre productividad marginal de un factor y la cantidad utilizada de este factor, ceteris paribus (Benetti, 1974). Uno de los aspectos que sostiene lo anterior es el hecho de que sólo se puede obtener una curva funcional bajo la hipótesis de factores homogéneos. Esto es consecuencia de que, si todas las cantidades empleadas son iguales, la productividad marginal de una unidad adicional no dependerá de la calidad de la unidad sino de la cantidad total empleada del factor. Lo anterior resulta problemático considerando que en la realidad factores de producción como la tierra, el trabajo y, más aún, el capital se caracterizan por ser heterogéneos.
En consecuencia, la teoría de distribución según la cual cada factor es remunerado acorde a su productividad marginal y escasez relativa queda desacreditada. Por ende, la controversia apunta a que se requieren teorías que permitan entender las “leyes de movimiento” de los sistemas económicos para verdaderamente abordar los problemas de distribución. Así, Harcourt y Sardoni (1976) afirman que la Controversia de Cambridge constituye un llamado a ubicar los modelos teóricos dentro de un contexto histórico que considere relaciones de poder y otros factores sociológicos en el análisis de los mercados de factores. Por ejemplo, Robinson (1946) argumenta que, en tanto los individuos dependen del mercado para sus vidas diarias, las clases sociales ––es decir, su posición en la división del trabajo–– se vuelven una unidad fundamental de análisis. De esta manera, afirma que las tasas de retorno potenciales surgen de las distintas relaciones sociales y de poder inmersas en el proceso productivo.
Ahora bien, si la controversia logró demostrar la existencia de inconsistencias en la manera como se estudia la economía, ¿por qué no se han construido modelos que respondan a estos problemas? En la actualidad, la crítica inicial de Robinson y Sraffa suele mencionarse únicamente en los pies de página de las explicaciones de los libros de economía. Esto, porque los economistas se escaparon rápidamente de la controversia a través de argumentos teóricos y empíricos débiles. Por un lado, una vez Samuelson anuncia que el problema radica en el reswitching del capital, los teóricos llegan al consenso de que este es un fenómeno que ocurre esporádicamente en las empresas, por lo que la controversia del capital sólo debe ser una preocupación en contados casos. También, se ha propuesto la alternativa de pensar la economía desde un sólo bien de capital o suponer capital homogéneo, lo cual es un supuesto difícil de cumplir y evade la controversia (Silva et al., 2011).
Por otro lado, diversos economistas aseveran que se continúa utilizando el modelo de la teoría neoclásica porque sus predicciones son acordes con la realidad. Esto se puede ver a través de la función Cobb-Douglas, la cual supone retornos constantes a escala de los factores de producción y en la que el proceso de distribución depende de la participación relativa de cada factor en la producción; todo esto, basado en la teoría neoclásica, en la que se remuneran los factores según su productividad marginal (Silva et al., 2011). De hecho, la persistencia de la participación de los factores en la economía parece ajustarse perfectamente a la función Cobb Douglas. No obstante, en la práctica se ha criticado la efectividad de esta función para explicar la tecnología detrás de la economía; parecería más bien que dicha forma funcional refleja con rigurosidad las cuentas del ingreso nacional, más que las dinámicas económicas subyacentes. Por tanto, la distribución de los factores no se deriva en una función Cobb-Douglas, sino que los datos se ajustan a esta (Menon, 2017). Como se puede ver, la predicción correcta resulta más importante en el análisis neoclásico que la consistencia interna del modelo.
Otro ejemplo de la importancia de resultados empíricos correctos para evadir la controversia del capital son los modelos RBC o DSGE que efectivamente incorporan al capital como un bien homogéneo. Dichos modelos no recurren a la suma de las unidades de capital sino a la suma de su valor, generalmente tomando el valor de los activos no corrientes, con lo cual es posible obtener una buena aproximación del capital como insumo. Si bien la homogeneización de los factores de producción es algo a lo que se le debería encontrar solución, en modelos tan simplificados como los RBC podría ser más importante cuestionar la capacidad predictiva de los supuestos empleados para construir el modelo. En este sentido, tener un capital homogéneo no fue un problema porque, sin necesidad de un modelo muy complejo, los RBC han logrado replicar considerablemente bien los datos. De esta forma, se decidió obviar el problema de la homogeneización, encontrando una salida rápida con la cual las conclusiones de los modelos siguen siendo válidas.
A partir de lo anterior se puede evidenciar que la controversia ha sido ignorada y la relevancia de predicciones empíricas cercanas a la realidad ha sopesado la consistencia de un modelo que explique la distribución del ingreso en la economía, que exigen Robinson y Sraffa. Las funciones de producción Cobb-Douglas y los modelos RBC y DSGE son ejemplos de la importancia de los datos y resultados sobre la controversia teórica del capital. Por consiguiente, resulta necesario retomar la controversia de Cambridge ––que se ha evadido desde que Robinson y Sraffa formularon la crítica–– puesto que, como se ha discutido a lo largo del presente trabajo, suponer la homogeneidad del capital genera grandes inconsistencias y obstáculos para llevar a cabo un correcto análisis económico. Por lo tanto, se debe buscar reestructurar la teoría del producto marginal y de la distribución del ingreso para así hacer frente a las inconsistencias que se derivan de la inadecuada agregación del capital.
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