Un no economista en "la Argentina"

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Por: Paulo Esteban Srulevitch Rodriguez

Soy alumno de Comunicación Social de la Universidad de Buenos Aires, y no hace mucho que resido en Argentina., Como estudiante extranjero he tenido la oportunidad de darme cuenta que en este país, detrás del fútbol, el asado, el vino, y el mate, se padece un síntoma que, acompañado por un fervoroso nacionalismo, viene fuertemente acompañado de un rencoroso conocimiento sobre su situación económica. No es sólo el choque social el que me pone en una constante frustración por la adaptación a una cultura completamente opuesta a la “rola”, sino más las condiciones económicas bajo las cuales yo, mis dos compañeros bogotanos, y el resto de los residentes de, como dirían acá los porteños, “La” Argentina, nos hemos tenido que acomodar.-Mis conocimientos sobre economía son limitados, por no decir nulos, y considero que viniendo de un país donde la moneda local no solía ser tan visiblemente afectada por cuestiones externas, -que ahora percibo como extraños enemigos, quisiera contar mi experiencia.

Buenos Aires, ciudad legendaria de artistas, de diversidad cultural, el París latinoamericano., Qué potencial! Las facilidades educativas fueron mi motivador principal para decidir venir a estudiar aquí. Sospechaba fuertemente que me vería envuelto lo antes posible, por ese libertinaje social y juvenil siempre tan llamativo de los bonaerenses. Pasaban los días, y los conocidos rápidamente se convertían en amigos. Por supuesto que con los amigos los planes sencillos, como compartir un mate, eran más que suficiente para pasarla bien., Ahora bien para evitar la monotonía se recurría a planes en grupo, involucrando, obvio, el uso del dinero. Las reuniones sociales con los nuevos amigos eran cada vez más constantes. Y fue esa constancia la que me llevó a medir cada vez más mis gastos.

Ver un billete que dice “100 pesos”, o “50 pesos”, o hasta “20 pesos”, jugaba con mi cabeza. Esta agrupación de números redondos siempre-, en cualquier moneda, tiene consigo una característica imponente, oficial. Nunca he visto un billete con un numero impreso como el 6, o el 13, o el 21.. Esto simplemente no suena oficial.  Dejemos de lado, por supuesto, que, la practicidad que tiene manejar con números pares debe ser de gran envergadura para las entidades económicas. Pero lo mencionaba un grande de la comedia Americana, “¿…y si los mandamientos de Dios fueran 9 y no 10? ¿O 7? Simplemente no suena oficial, no sería lo mismo.”

A todo esto, el ver estos billetes con números que yo asumo como “oficiales” me causaban la idea de ser una cantidad importante de dinero. Un día, en una de estas reuniones sociales con amigos, me provoqué de un cigarrillo. Pagué una caja de Marlboro con un billete de 20 pesos sin saber cuanto valían, ni a qué equivalían los 20 pesos. Me sorprendí. El dueño del “kiosco” no me devolvió un solo centavo con los cigarrillos.

Me explicaba un economista local que, valga la aclaración, luego de la crisis del 2002 podía ser cualquier precavido de la capital, se trataba de la inflación. Ese bello término que en el colegio me nombraron y explicaron miles de veces y que esas mismas miles de veces, ignoré. Pero con esto de la inflación el economista me explicaba que el caso argentino es bastante particular. – En general el precio de los productos comunes tiende a subir y a bajar a medida que pasa el tiempo, por lo menos anualmente. En Argentina no sucede lo mismo. La inflación en Argentina, tiende a subir con mayor regularidad. Alrededor de mes y medio luego de la compra de los cigarrillos, volví al kiosco. Realicé el pago con mi billete de 20 pesos y me dirigí hacia la puerta, cuando me frena la voz del dueño, “Flaco, son dos pesos más.”. Ya había subido de precio.

En mi posición de extranjero, tengo la “maña” de convertir el dinero Argentino que tengo a dólares, y de dólares a pesos colombianos, simplemente por una cuestión de cálculo personal y comparativo. Me causaba gracia. Estos “números oficiales” no eran tan oficiales como yo creía. (A todo esto, el precio era correcto). Lentamente empecé a caer en cuenta que estos billetes, que consideré en un momento imponentes por el número que tenían impreso, no eran más que simple papel. Papel, que me engaña una y otra vez, porque detrás de ese dibujo de algún personaje histórico y su debido número con su tipografía propia, sus colores brillantes, -sus frases conmovedoras en letra tamaño -2 de Times New Roman, me ciegan y me hacen olvidar que es sólo un papel rectangular adornado. Un papel en el que absolutamente todos confiamos como intermediario para la adquisición de absolutamente todo. No tenía los dos pesos que me solicitaba el dueño del kiosco, por eso desde aquel día dejé de fumar.

Imagen tomada de http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Buenos_AiresPlaza_Congreso-Pensador_de_Rodin.jpg